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¿Está el liderazgo en vías de extinción?

Diferentes estudios apuntan a una enfermedad de carácter endémico, que aqueja al mundo de las organizaciones y a la sociedad en su conjunto: la falta de compromiso.

Contingentes de trabajadores se dirigen diariamente a cumplir sus tareas y rituales de trabajo, dentro de una gran falta de propósito y de identificación con la empresa o institución a la cual prestan sus servicios. Esto ocurre, además, dentro del contexto de una sociedad en la que sus miembros no confían plenamente en ella ni en sus dirigentes, pues sienten que no les representan.

Sin embargo, mientras esto sucede en nuestros países, en otras latitudes la carrera por la vanguardia tecnológica ha conseguido generar el suficiente entusiasmo entre los jóvenes -y los no tan jóvenes- como para que vuelquen toda su creatividad y sus esfuerzos en innovar sus entornos laborales y sociales.

Al diagnosticar la falta de implicación y de creatividad presente en algunas masas trabajadoras, a diferencia de las organizaciones punteras, los expertos señalan un binomio que para muchos resulta ya casi una obviedad: la falta de liderazgo por parte de los dirigentes y la de compromiso por parte de los trabajadores. Lo que no siempre resulta tan obvio es cómo modificar ambas causas.

Transformar el liderazgo constituye todo un desafío, pues supone intervenir en la clase dirigente, la élite, para cambiar sus creencias y patrones de comportamiento, así como para desarrollar nuevas habilidades. Pero quienes llegaron a posiciones de poder sin haber tenido un proceso paralelo de maduración personal (humana), probablemente no estarán muy dispuestos a reconocer sus debilidades y mucho menos a renunciar a parte de su poder para empoderar a otros.

No obstante, el entorno tecnológico actual está ayudando a modelar las maneras de dirigir. El liderazgo se está transformando de forma acelerada y me atrevo a pronosticar que tal vez estemos ante una institución en vías de extinción.

En la medida en la que la inteligencia artificial, la automatización y la conectividad global continúen ganando espacios, y que el tiempo de trabajo per cápita vaya disminuyendo, producto de la escasez de empleos, el liderazgo puede estar llamado a desaparecer.

Este proceso, que compartimos con las manadas de lobos y otras especies, mediante el cual un grupo sigue al más fuerte, al más talentoso o al más rico, tal vez encierre en sí mismo el germen de la apatía y la falta de compromiso. Y, como sugirió Marshall Rosemberg, padre de la Comunicación No Violenta, puede que contenga también el germen de la violencia: “te encargo tomar decisiones en mi nombre (en el hogar, la escuela, el trabajo, la política) para luego criticarte y atacarte”-pareciéramos pensar.

Herencia de monarquías, invasiones y otras formas de subordinación y de dominación física o mental, el liderazgo, por más moderno y humano que se nos intente presentar, supone que alguien sabe o maneja algo que los demás no y que esto le otorga privilegios. Y eso en nuestra sociedad, altamente tecnológica, ya no es tan cierto.

Pareciera que la transformación digital estuviera llevándonos a una sociedad de planificadores, operadores y coordinadores, en la que el liderazgo, en cuanto a su rol técnico, se está disolviendo entre sistemas y máquinas que asumen de forma más eficiente sus competencias, Y en cuando a su rol social, está pasando a manos de grupos de trabajo cada vez más autónomos, conscientes y auto motivados, dedicados a cocrear y coproducir.

El otro elemento del binomio, el compromiso, o su equivalente anglosajón, el engagement, resulta un tópico poco sexy. Cuando se le plantea a un ejecutivo o a los propios trabajadores que hay que intervenir los puestos de trabajo y la organización en su conjunto para elevar el nivel de compromiso, veremos que desatamos tanto interminables discusiones filosóficas como bostezos. Pues resulta un plato pesado; difícil de digerir.

Pero las que sí resultan sexis, atractivas, son las organizaciones comprometidas. En ellas, las personas se abocan con pasión y perseverancia a innovar y a ejecutar lo acordado, con lo que la organización, como entidad, alcanza sus fines y las personas también.

De manera que la pregunta que responderemos en nuestro próximo artículo será:

¿Cómo tornar sexy el desarrollo del compromiso en las organizaciones?

Vladimir Gómez Carpio

Obviólogo